Anhelando Llegar A Ser Como Jesús

El “sincero anhelo y oración” de muchos fervientes cristianos es “llegar a ser” como Jesús. Es decir, que este tipo de personas aceptan la vida de Jesús como un ejemplo a ser imitado o aceptan a Jesús como un modelo a ser emulado. Sin embargo, el apóstol Pablo aclara que el querer ser como Jesús está en nosotros, pero no el lograrlo; y esta contradicción genético-espiritual fue la que le indujo al apóstol a sentirse miserable y fracasado por no haber podido librarse del cuerpo de muerte (cf. Romanos 7:18-24). De manera que pretender llegar a ser como Jesús, parece ser un imposible tanto biológico-genético como bíblico-espiritual.

No es sorprendente, que la serpiente antigua haya sido la primera criatura creada que pretendió llegar a ser como Dios, y al no poder lograrlo se enfureció tratando de inyectar su veneno de pecado en todo el universo (Isaías 14:14). Eva, la madre de todos los vivientes, fue engañada por la serpiente y peco por intentar llegar a ser como Dios (Génesis 3:5). De manera que el pretender llegar a ser como Jesús, no parece ser una doctrina bíblica, sino mas bien el veneno de la serpiente antigua. Más aun, el intentar ser como Jesús está penado por el segundo mandamiento que prohíbe hacerse semejante a lo que está en el cielo, en la tierra o debajo de las aguas (Éxodo 20:4)

En otra palabas, podríamos decir que el Señor Jesús no vino a este mundo para ser nuestro modelo o ejemplo, sino mucho más que ello, Jesús vino a este mundo para ser nuestro sustituto: Jesús vino para vivir nuestra vida y vino para morir nuestra muerte. El vivió una vida perfecta en nuestro lugar, él murió la muerte eterna en nuestro lugar, y él resucitó victorioso en nuestro lugar. Su vida perfecta es imputada como nuestra vida, su muerte expiatoria es imputada como nuestra muerte, su resurrección gloriosa es imputada como nuestra resurrección y su victoria sobre el pecado es imputada como nuestra victoria sobre el mal. Jesucristo es nuestro sustituto, no nuestro ejemplo. Nuestra vida es sustituida por su vida; nuestra muerte eterna es sustituida por su muerte, y nuestro fracaso sobre nuestra naturaleza caída, es sustituido por su victoria sobre el pecado. De hecho, debido a que el hombre no puede llegar a ser como Dios, Dios tuvo que llegar a ser hecho hombre: Emanuel (Dios con nosotros). ¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz y buena voluntad para con la humanidad, y para con todo el universo!           

La siguiente lista de eventos ocurridos en el Edén, resume alguno de los frutos humanos acontecidos al pretender ser como Dios: desnudez, vergüenza, miedo (esconderse de Dios), soberbia (acusar a Dios), auto justificación (delantales de higuera), cardos y espinas; sudor y lagrimas; dolor y muerte de un inocente cordero (túnica de piel), muerte temporal (Abel), muerte eterna (Caín). En contraste, la siguiente lista resume los frutos espirituales recibidos al aceptar la sustitución vicaria de Jesús: Inmensa gratitud, profundo amor, inagotable gozo, inconmensurable paz (para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo), apacible paciencia, gran benignidad, abundante bondad, maravillosa fe, cálida mansedumbre, y serena templanza (cf. Gálatas 5:22-23).

Al aceptar que Jesús es nuestro sustituto, y no simplemente nuestro ejemplo, no es una invitación a vivir en forma desordenada, incorrecta e inadecuada, sino todo lo contrario, es una invitación a vivir una vida plena de felicidad y orden, pero confiando en los meritos del Maestro de Galilea, y no confiando en nuestros frustrados intentos por imitarlo, ya que Jesucristo no es nuestro mero ejemplo, sino nuestro excelso sustituto. Cuando se vive mirando y confiando en la serpiente de bronce levantada en la cruz del calvario, no hay tiempo, ni deseos de tener dioses ajenos, ni de tomar su nombre en vano, ni de mirar a la mujer de tu prójimo, ni de robar, ni de mentir, ni de matar, ni de mirar a las serpientes ardientes, ni a su veneno, ni a las heridas sufridas en el desierto de la vida. De manera que, mirando a Cristo, somos considerados santos PORQUE Dios es Santo y su mirada nos santifica. Así como las piedras y la zarza ardiente del Sinaí fueron considerados santos: PORQUE Dios es Santo, y porque su santa presencia los santificaba.

Es comprensible que al principio la simple idea de aceptar que Jesús NO es nuestro ejemplo, sino nuestro sustituto, puede causar algo de escozor eclesiástico-doctrinal, el cual es inducido por la inevitable liberación de histaminas reactivo-espirituales …, pero la Biblia sugiere que, ante los ojos de Dios, nuestras obras de injusticia (malas obras) son como estiércol (Malaquías 2:2-3) , y que nuestras obras de justicia (buenas obras) son como trapos de inmundicia (Isaías 64:6). De manera que para Dios la única vida que cuenta es la vida sustitutiva de Cristo imputada como si fuese nuestra vida. Ante los ojos de Dios no tiene valor ni la vida “ejemplar” del joven rico ni la nuestra (Mateo …. Apocalipsis 3:17).

En resumen, el aceptar que Jesús no es nuestro ejemplo, sino nuestro sustituto: no pretende fomentar el libertinaje, sino que por el contrario, anhela ensalzar la inconmensurable gracia de Dios, expresada en la concepción, nacimiento, vida, obra, muerte y resurrección sustitutiva de nuestro Señor Jesucristo. Para Jesucristo sea TODA la gloria, TODA la honra y TODA la alabanza, por los siglos de los siglos, a fin de que nadie se jacte en la presencia de Dios, Cristo Jesús nos ha sido hecho por Dios nuestra Sabiduría, nuestra Justificación, nuestra  Santificación y nuestra Redención, para que como está escrito: el que se gloria, gloríese en el Señor (1 Corintios 1:29-31). Amén. 

Dr. Jorge R. Talbot

Biblical Research Society

Durante más de treinta años, me he dedicado a la investigación y he publicado numerosos trabajos médicos y científicos. Sin embargo, este es mi primer intento de caminar descalzo por terreno sagrado.

Comencé a «estudiar» las Sagradas Escrituras a los ocho años de edad y he leído la Biblia con diversos objetivos que van de lo superfluo a lo trascendente: desde ganar un concurso bíblico a conocer la verdad o alcanzar la vida eterna. No obstante, tengo que reconocer que he fracasado rotundamente en todos mis intentos, si bien, finalmente y gracias a Dios, he entendido que el camino verdadero de salvación no es una doctrina, sino una persona: Jesucristo es el camino, la verdad y la vida eterna. Nadie va al Padre Eterno, si no es por medio de la atracción del Espíritu Santo hacia Jesucristo.

Ahora, al igual que mi colega el doctor Lucas, he escrito un libro para procurar poner un poco de orden (en mi mente) a la historia de las cosas ciertísimas, después de haber tratado de investigar con diligencia del Génesis al Apocalipsis (cf. Lucas 1, 1-3), a pesar de que, tengo que reconocer humildemente y por adelantado, no soy profesor de Biblia, ni erudito en las Escrituras, ni teólogo, ni experto en Historia, ni literato; simplemente soy un pecador enamorado de Dios que, al igual que los pescadores y recolectores de impuestos de antaño, he intentado escribir un libro acerca del Libro de los libros, con el fin de darle toda la gloria y toda la honra únicamente a Dios.

Actualmente soy director de la Sociedad de Investigación Biblica (Biblical Research Society) y aunque me considero de los pecadores el segundo —para no contradecir al apóstol Pablo— (cf. I Timoteo 1, 15), confío únicamente en la misericordia y en la Gracia Divina. De hecho, ya se han efectuado todos los trámites legales para el gran día de mi Juicio final: el Juez Supremo será mi papá (Padre Eterno), mi abogado defensor será mi hermano mayor (Jesucristo), mi intercesor será el Santo Espíritu; y aun más, el fiscal acusador no estará presente, porque lo han echado fuera (cf. Apocalipsis 12, 10). Entretanto y por adelantado, la Corte Suprema de Justicia me ha dicho: «No temas, cree solamente» (Marcos 5, 36); y ya me han otorgado unas inmerecidas vacaciones de descanso (reposo) para que disfrute acompañado de mi bellísima familia del paradisíaco clima del sur de California.

 

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